premio jerusalem0164Agradezco con una muy profunda emoción a la Organización Sionista del Uruguay este inmenso honor. No considero un mérito personal mi amistad con el pueblo judío y el Estado de Israel. Se trata en realidad de ser fiel a mí mismo, a mis convicciones, a lo que hay en mi fuero interno. Se trata de un imperativo moral. Se trata de ser capaz de que la bondad supere a la malicia, combatir todo tipo de discriminaciones y convertir a la defensa de los derechos humanos – en el más amplio sentido del concepto – en el eje de nuestra existencia.
Este premio, que fuera instituido en 1990 por el señor Intendente de Jerusalem y el Presidente de la Organización Sionista Mundial, presenta una singularidad más de entre las muchas que caracterizan a los lazos de amistad entre Israel y Uruguay: nuestro país es – además de Israel – el que lo entregó ininterrumpidamente desde aquel año. Y se ha constituido en uno de los puentes de solidaridad y reconocimiento en ámbitos muy relevantes de la sociedad, como la política, la cultura, la creación artística, la ciencia, el periodismo. En todos los casos para sumarse a los mensajes de paz hacia la humanidad de parte de las personas de buena voluntad.
El premio se denomina Jerusalem. Desde que el rey David la hizo suya en el año 996 antes de Cristo, Jerusalem no ha sido sólo la capital espiritual del pueblo judío. Ha sido la capital espiritual de la humanidad, ya que ese lugar de siete puertos y tres colinas – el Calvario, la Sion y la Mariah – ha sido, desde hace más de tres mil años, la tierra santa de tres grandes religiones monoteístas: la judía, la musulmana y la cristiana. Por lo tanto, la más formidable manifestación ecuménica que haya conocido la historia, al tiempo de representar el monumental pilar del Dios único, verdadero eje de esa historia.
Pero no muestra sólo belleza espiritual. También exhibe hermosura física por su conformación, sus piedras y sus cambiantes colores, y el delicado equilibrio entre ellas, los verdes cipreses y los huertos que aportan la fina decoración urbana que conforma una armonía única, a la altura de su estatura espiritual. En tal escenario, la muralla, las grandes puertas, las sinagogas, las mezquitas, los oratorios, las tumbas, integran ese conjunto intransferible, querido, conmovedor. Por todo ello es que, una vez visitada, Jerusalem se instala en lo más profundo de nuestros corazones y nos acompaña adonde vayamos. Nos visita a nosotros y se queda en nosotros.
Hemos sentido siempre una profunda admiración, no exenta de fuertes emociones, por el largo, sacrificado, convencido, enormemente valiente peregrinaje del pueblo judío a lo largo de la historia de la humanidad. Muchas serían las connotaciones a destacar respecto a esta experiencia humana colectiva, una de las más ricas que se hayan conocido en el mundo. Hoy elijo referirme a dos, enlazadas fuertemente entre sí: la capacidad y el coraje para levantarse ante la adversidad y sus efectos destructivos, una y otra vez, y el cultivo de la memoria como condición esencial de la vida.
Esa capacidad y ese coraje para levantarse a pesar de las más crueles atrocidades que la maldad pueda concebir, como la del Holocausto, fueron permanentemente alimentados por la defensa de la identidad que se mantuvo intacta, y los inconmovibles sentimientos de que ese pueblo se convirtiera en una nación. La identidad se forma y se consolida con valores. Con esos valores propios del fuero interno, del espíritu. Esos que alimentaron la profunda raíz judeo-cristiana de la que tantos nos sentimos parte, percibiendo que pertenecemos a la misma categoría espiritual, humana, filosófica. Me estoy refiriendo a esos valores que pueden sintetizarse, con una enorme precisión y economía de recursos retóricos, proponiendo que todos los seres humanos merecemos respeto a nuestra condición, y que todos somos libres. El amor al prójimo como a uno mismo es el que tiene que fertilizar permanentemente nuestra defensa de esas condiciones y nuestra fuerza para combatir todas las formas de discriminación hacia los diferentes.
El cultivo de la memoria, decíamos, siempre le ha dado vida a la causa, inyectando coraje y convicción para enfrentar la adversidad y la injusticia. Es que, sabiendo que no está reñido el recuerdo con el perdón, la memoria es vida, es futuro. Y también juzga, porque es selectiva. Por eso, siguiendo el pensamiento de Elie Wiesel, premio Nobel de la paz en 1986, olvidar a los que sufrieron es obligarlos a que sigan sufriendo, de generación en generación. Olvidar a los muertos es matarlos de nuevo. Perder nuestra memoria es perder nuestras vidas. Cuando está viva, vivimos y actuamos sobre la historia. Somos sujetos de la historia. La construimos y le damos un rumbo.
Es este el único camino para combatir la ignorancia y la indiferencia. El único para que nunca más haya silencio. Al fin de cuentas, como decía Bertolt Brecht, el que ignora es un imbécil, pero el que sabe y calla es un criminal. La conmovedora insistencia del pueblo judío en este tránsito, ya ha tenido una recompensa: conciencia colectiva creciente, certeza de que aquellas complicidades con la crueldad no habrán de volver.
Quiero tener una referencia especial dedicada a la parte más cercana del pueblo judío. A la comunidad judía en Uruguay, a la uruguaya en Israel, a los amigos que integran una y otra. Desde muy temprano en mi formación educacional, en mi actividad profesional, en el ejercicio de mis responsabilidades públicas tuve, tengo y tendré grandes amigos judíos. Algunos viviendo aquí. Otros en Israel. Y déjenme que comparta con todos ustedes una característica central de esta suerte de doble nacionalidad, esté donde esté: se han integrado a la sociedad de la que forman parte, pero no se han asimilado a la misma. Han defendido con fuerza sus propios rasgos culturales, que es decir su identidad. Pero al mismo tiempo se comprometieron con las responsabilidades y las necesidades emanadas de las sociedades de las que forman parte. Han sabido ser ciudadanos responsables en las mismas.
Este enorme tránsito no puede ser abordado, ni mucho menos entendido, sin el aporte de Theodore Herzl, fundador e ideólogo del movimiento sionista mundial. El se preguntaba si era un adelantado a su tiempo cuando compartía su convicción acerca de la creación de un Estado judío como una necesidad universal y la certeza de que inevitablemente surgiría por esa misma razón. Era ésta la que consideraba la forma definitiva de su pensamiento. Al mismo tiempo, percibía que alcanzar esa meta dependía de los propios judíos y que asegurar esa voluntad colectiva imparable no era factible en los tiempos en los que proclamaba este camino. Y lo expresaba diciendo que "los que inician este movimiento, difícilmente verán su glorioso fin." Pero creía en él. "Si la generación es aún indiferente, vendrá otra, superior y mejor. Los judíos que lo quieran, tendrán su Estado y lo merecerán."
Uruguay jamás dudó al respecto. Ocupado sobre la cuestión judía desde 1920 en la Sociedad de Naciones, protagonizó con nuestro Embajador Enrique Rodriguez Fabregat la gestación del Estado de Israel desde 1947, compartió su alumbramiento en 1948 y desde entonces ha brindado su constante apoyo al mismo.
Esta es para Uruguay una cuestión de Estado. De esas que están por encima de los partidos y de los gobiernos y nace en los valores superiores que la inspiran. Así como estas coincidencias fundamentales no ignoran las diferencias que aquí en el Uruguay podemos tener sobre muchos temas importantes, nuestro apoyo al Estado de Israel tampoco significa compartir todas y cada una de las decisiones de sus gobiernos. No es lo mismo apoyar la causa de un pueblo que la existencia de un Estado, que se fundamenta – ante todo – por los derechos de ese pueblo. Y hablo de los derechos fundamentales, como los de la autodeterminación, la libertad, la soberanía, la seguridad, la paz. Uruguay siempre ha respetado y defendido el estado de derecho, y ha promovido el diálogo y las soluciones acordadas a los conflictos, rechazando la violencia, las amenazas, el uso ilegal de la fuerza, el terrorismo, los crímenes de lesa humanidad, la depuración étnica. Como miembros del Tratado de Tlatelolco – que definió a la América Latina y el Caribe como la primera zona del mundo libre de armas nucleares – y como fervientes defensores del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, Uruguay es un activo protagonista en la lucha por el desarme.
En el mes de marzo de 2011 también reconocimos al Estado de Palestina. Al igual que el pueblo judío, el pueblo palestino tiene legítimo y pleno derecho a constituirse como Estado. Ambos tienen derechos irrenunciables a vivir en paz, habitando territorios reconocidos, seguros y libres de ataques que mi país siempre ha condenado. Por otra parte, consideramos que se han alcanzado las condiciones necesarias para que este reconocimiento sea universal y consolide finalmente la solución de dos Estados que conviven en paz y que Uruguay ha apoyado desde 1947.
Por eso celebramos la reanudación del diálogo y las negociaciones entre el gobierno de Israel y la autoridad palestina. Y admiramos el coraje del señor Primer Ministro Benjamín Netanyahu al liberar a 26 prisioneros palestinos, sabiendo que no estaba tomando una decisión que contara, precisamente, con respaldo popular. Quiso la vida que esa decisión se pusiera en práctica el mismo día en que visité al Primer Ministro como parte de mi reciente gira. Pude entonces trasmitirle personalmente mi reconocimiento a la conducta de un verdadero hombre de Estado, que sabe anteponer el interés nacional a la ventaja política personal. Ojalá que esta contribución al diálogo y a la convivencia sea correspondida y se pueda seguir avanzando hacia condiciones sostenibles y duraderas de paz y prosperidad para ambos pueblos.
He visitado Israel en tres oportunidades. Lo hice como parte de las principales responsabilidades públicas que tuve el honor se me confirieran. Llegué como Senador en 1998, como Ministro de Economía y Finanzas, junto a nuestro entonces Presidente Tabaré Vázquez en 2008, y ahora – hace pocos días – como Vicepresidente de la República. He podido comparar y he quedado deslumbrado por el progreso de una sociedad que, no obstante sus diferencias internas – que discuten democráticamente – conocen bien los lineamientos estratégicos que todos deben compartir y apoyar para hacer de Israel un país con un alto nivel de desarrollo económico y social. Pudimos comprobar, una vez más, la importancia fundamental del respaldo a la educación y el conocimiento, armas imbatibles para construir prosperidad y justicia.
He tenido la fortuna y el honor de haber firmado en representación de Uruguay dos de los principales tratados suscritos por Israel y Uruguay. Los dos los firmé como Ministro de Economía y Finanzas. Uno aquí en el Sur, y es el Tratado de Libre Comercio entre Israel y el MERCOSUR, y el otro lo firmé en Israel, y es el Tratado de Cooperación entre ambos países en el campo del conocimiento y la innovación.
Son herramientas importantes, sin duda, pero permítanme que cuando refiero a los lazos de amistad que nos unen recurra al concepto de cultura en su acepción más amplia, como la que contiene la Declaración de Friburgo sobre Derechos Culturales de 2007: "El término cultura abarca los valores, las creencias, las convicciones, los idiomas, los saberes y las artes, las tradiciones, instituciones y modos de vida por medio de los cuales una persona o un grupo expresa su humanidad y los significados que da a su existencia y a su desarrollo".
Es todo esto lo que acerca a los diferentes. Lo que combate la discriminación aceptando la diversidad, entendiéndola y aportando cohesión. Lo que supone la participación de nuestros fueros internos, nuestra espiritualidad, nuestros sentimientos. Por esta razón disfruté especialmente cuando, tanto en la colina de Jerusalem donde se encuentra la Knesset, como ahora en Montevideo, lanzamos el sello conmemorativo del sexagésimo quinto aniversario de las relaciones entre Israel y Uruguay, compartiendo el arte de José Gurvich, que vivió y pintó en ambos países y que fue un símbolo viviente de lo que significa la creación artística en la construcción de vínculos, de estilos de vida compartidos. Ese gran creador articuló paleta e ideas y concibió "La anunciación de Sara" – que ilustra nuestro sello - como una fusión de motivos bíblicos, raíces religiosas y libertad de pensamiento.
Disfruté enormemente también cuando llegué – una vez más – al gran museo de Israel, el noveno del mundo, con más de 500 mil piezas, obras de los más grandes maestros del arte universal, una pequeñísima figura femenina, considerada la más antigua obra de arte que se haya descubierto en la historia de la humanidad, y los más antiguos manuscritos bíblicos de la era cristiana existentes en el planeta. Pues a este lugar maravilloso y único llegamos a dejar un testimonio arqueológico referido a lo más profundo de nuestra historia. A un país y una ciudad que saben lo que son piedras, llevamos piedras. Piedras muy especiales. Piedras que fueron encontradas hace centenares de años en lo que hoy es la zona de Merinos en el departamento de Paysandú. Eran piedras de boleadoras, que hoy se encuentran en la zona de arte precolombino del museo de Israel. Seguramente, quienes desde hace tanto tiempo las lanzaron apuntando a un objetivo, jamás imaginaron que llegarían a Tierra Santa.
Queridos amigos, yo también he traido algo para dejarles a ustedes hoy. Es un modesto pero muy emocionado reconocimiento por el inmenso honor que me han conferido. Es una reproducción de las cartas credenciales que, con la firma del gran David Ben Gurion, presentara Yacoov Tsur, primer Embajador de Israel en Uruguay, primero también en la América Latina y el Caribe y cuarto en el mundo. Están acompañadas por una reproducción de los telegramas que el gobierno de Israel enviara al de Uruguay solicitando la aceptación de las mismas y por una reproducción del decreto del gobierno uruguayo que, con la firma de don Luis Batlle Berres, reconoce al Estado de Israel y su gobierno provisional.
Amigos todos, otra vez gracias por esta gran distinción, y larga y fructífera vida a los pueblos judío y uruguayo, así como a las relaciones de amistad entre los mismos. Muchas gracias.

 

Premio Jerusalem 2013 al Cr. Danilo Astori

 

 

 

 

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